El color de la lengua I: Entrevista a Félix Rodríguez, autor del Diccionario gay-lésbico

QM: Se han planteado diferentes alternativas pero, ¿cuál sería la etimología de la palabra ‘gay’?

FR: Los etimólogos distinguen entre un “étimo inmediato” y uno “remoto”, y los sociolingüistas y argotólogos incluimos además como explicación del origen y asentamiento de una expresión todo un complejo juego de variaciones y superposición de imágenes. Centrándonos en su origen, frente a los lexicógrafos del área anglosajona que aducen como étimo último o remoto variantes de origen germánico, al igual que otros lingüistas de mi entorno, y sin pretender que suene a chauvinismo, me decanto por el latín gaudium ‘gozo’ como hipótesis más plausible, pues entronca muy íntimamente con el sentido de ‘alegre’ y ‘festivo’ que nos transmitió el francés medieval gai, precursor del inglés actual gay, que fue la voz que en los años sesenta incorporamos al español con el sentido de ‘homosexual’, para dar al concepto una connotación positiva. Si hablo de superposición de imágenes tengo en mente que, a partir de la acepción de ‘alegre’, en el inglés de siglos anteriores (XVIII y XIX) surgieron otras significaciones como ‘inmoral, de vida disipada’, y con ese eufemismo el término se utilizó para referirse a mujeres de tal condición, especialmente prostitutas, asociadas al mismo ámbito de marginalidad. No olvidemos que nosotros mismos en el habla corriente de hoy a veces nos referimos a las prostitutas como “mujeres de vida alegre’.

 QM: ¿Y por qué para referirnos a las mujeres homosexuales seguimos utilizando ‘lesbiana’, una palabra con un referente más antiguo?

FR: La palabra lesbiana, según la documentación más antigua, apareció en español a principios del siglo XX, siguiendo la estela del francés lesbienne y el inglés lesbian, que se asentaron con éxito ya en el siglo XIX. Y tomó arraigo por asociación con el movimiento feminista de los años sesenta, contrarrestando así las connotaciones negativas de su equivalente más coloquial, tortillera, e imponiéndose, además, por su sonoridad, a la más antigua tríbada, que, aunque más literaria,  había arrancado también con una carga despectiva por su etimología (del griego tribein ‘rozar, restregar’, con alusión a la práctica masturbatoria).   

QM: Se habla de que en España vivimos una etapa de ‘normalización’ de la homosexualidad. ¿Tenderá esta normalización a crear más vocablos nuevos en relación con gays y lesbianas, o por el contrario las hará desaparecer?

FR: Lo más probable es que con la ‘normalización’, y el mayor respeto a los homosexuales, la necesidad de crear nuevos eufemismos y de nuevos epítetos disminuya y tiendan a desaparecer.  Piénsese por ejemplo en lo que ha ocurrido con mujer pública, sinónimo de prostituta, que ha ido perdiendo su arraigo al compás del ennoblecimiento de la función de la mujer y su acceso a la función pública.

Otra cosa es que, esporádicamente, aparezcan algunos con un tinte literario, como creaciones personales, sin posibilidades de pervivir y asentarse. Los que sí que pervivirán, por su arraigo, serán expresiones como maricón, cada día más desprovista de su significado sexual, al igual que, en otro contexto, hijo de puta.

QM: ¿Cuál es la expresión que le resultó más llamativa de todas las que incluye en su Diccionario?

FR: Muy llamativa me resultó, por su origen y rápida difusión, mariliendre, como se denomina a la mujer  heterosexual que busca la compañía de hombres gays por los locales de ambiente, y por eso he dedicado a esta voz una atención especial. Creada por el escritor  Luis Antonio de Villena,  fue posteriormente divulgada con cierto éxito por el escritor Leopoldo Alas. Se ha obtenido como adaptación del inglés fag (‘maricón’) y hag (‘vieja bruja’) –creación humorística realzada por la rima–, recurriendo al cruce de María (típico nombre de mujer) y liendre (huevo del piojo) es decir mujer que se pega como un piojo, como un parásito. El término ha hecho fortuna pues lo encontramos hoy en los medios de comunicación más diversos, habiendo arrumbado otras variantes,  como  chica b, chica gay, maricuriosa, mariladilla y Yolanda. Tanta fortuna que, por analogía, Jennifer Quiles, creó su propio antónimo, bolliliendre, para designar al hombre, especialmente gay, que acompaña asiduamente a un grupo de lesbianas.

 El término mariliendre ha llenado un hueco en la lengua, como lo demuestra la utilidad de un concepto que encuentra equivalencia en otras culturas, algunas muy dispares. Así en japonés, la misma idea se expresa con el término okoge, que literalmente significa el arroz quemado que se agarra al fondo de una olla, y al que se ha llegado partiendo de la asociación con o-kama ‘olla’, empleado en argot metafóricamente para referirse al ‘culo’ (especialmente de un hombre) y a partir de ahí al ‘hombre homosexual’.    En portugués se emplea como expresión equivalente galinha, y en gallego galiña, correspondiente al español gallina, que juega con la metáfora de la gallina que protege a sus pollitos.

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