El color de la lengua I: Entrevista a Félix Rodríguez, autor del Diccionario gay-lésbico

QM: Expresiones como “que te den por el culo” para maldecir a alguien hacen referencia al sexo anal como representación de algo negativo, como un castigo. ¿Es el lenguaje popular implícitamente homófobo?

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FR: La expresión que te den por el culo, abreviada a menudo eufemísticamente como que te den es claramente insultante y evoca el estigma que tiene en nuestra cultura el papel pasivo en la relación homosexual. En esto somos herederos culturales de los romanos entre los que el insulto más corriente era pedicabo te, te pedico (‘te voy a dar por culo’), lo que denotaba por un lado el sentido de castigo humillante que tenía la violación, y por otro lo extendido y la falta de estigma que tenía la sodomía cuando se consideraba como activa, es decir, que el insultante se representaba como el ‘enculador’. Pero al introducirse la moral cristiana y considerar demoníaca la sodomía, el vicio nefando, en cualquiera de sus roles, agente o paciente, el insultador no podía ofrecerse como agente, poniendo además en entredicho su hombría, con lo que la anterior frase latina cambió de persona, recurriendo al impersonal: “Vete a tomar por el culo” o “Que te den por el culo”.

Realmente, el uso del ano durante la actividad sexual sigue siendo considerado tabú en nuestra cultura por una doble razón. Por un lado, se considera un acto antinatural porque, aunque de forma inconsciente, perdura el modelo de sexualidad reproductora, y el ano no contribuye a la  procreación;  por otro, se lo considera una parte sucia, por ser por donde salen las heces. Como consecuencia de estos prejuicios, las prácticas anales están mal vistas en todas las religiones y perseguidas en muchos estados. Antaño fueron rechazadas con cierta  unanimidad, proyectándose un concepto negativo, tomándose como una práctica indecente propia de libertinos, prostitutas u homosexuales. Hoy, sin embargo, a despecho de añejos prejuicios, muchas mujeres, e incluso varones, absoluta o preferentemente heterosexuales han descubierto que la estimulación anal es gratificante y aceptan los juegos digitales  en esa zona del cuerpo cada vez con mayor liberalidad.

QM: Palabras como ‘queer’, ‘maricón’ o ‘loca’, que nacieron como un insulto, han sido adoptadas más tarde por algunas personas como una autodefinición. ¿Cómo funciona este sistema de transformar los insultos en calificativos para describirse?

FR: En el argot no es infrecuente que una palabra negativa, que se lanza como insulto contra un grupo social, se torne positiva cuando la emplean los propios agredidos, como si quisieran utilizarla también como arma arrojadiza contra sus propios victimarios. Lo vemos hoy en el inglés norteamericano con los llamados “insultos étnicos”. Un americano de raza blanca no puede emplear alegremente la palabra negro delante de una persona de ese color, viéndose obligado a  utilizar black u otras expresiones aún más políticamente correctas como afroamericano. Pero ellos sí lo utilizan alguna vez con orgullo, y lo mismo ocurre con la palabra  chicano cuando lo utilizan los propios hispanos radicados en el sudoeste de Estados Unidos. Y el caso se presenta también en otros campos semánticos. Uno puede insultar a un sindicalista de CCOO llamándole coco, pero los propios afiliados pueden referirse a ellos mismos con orgullo y en tono de humor como “nosotros los cocos…”.

QM: Algunos de los términos despectivos para referirse a la homosexualidad atribuyen a una persona características del otro sexo: “hombre afeminado”, “mujer machorra”. ¿Reflejan estos adjetivos ideas estereotipadas sobre qué es ‘lo masculino’ y qué es ‘lo femenino’?

FR: En cierta manera sí, porque tradicionalmente los roles de la virilidad y la pasividad se han asociado fuertemente con el sexo masculino y el femenino respectivamente, y, en consecuencia, la sociedad se resiste a valorar los conceptos de “género” y “diversidad”. Los estereotipos están muy arraigados en nuestra cultura. Desde tiempos inmemoriales y durante mucho tiempo el afeminamiento de un hombre en sus gestos y porte externo ha sido considerado por la mayoría como un aspecto negativo de la personalidad, cuando no un sinónimo de homosexualidad, y la apariencia “viril” de una mujer se ha visto, y continúa viéndose, con desdén, aunque no tanta como la ejercida contra el hombre. Se asume que la fuerza, la virilidad, era dominio del hombre, que posee el instrumento viril por antonomasia (el “miembro viril”, del latín vis, viris, ‘fuerza’) que en el imaginario colectivo se ha retratado como fuerte (“sexo fuerte”), como el que penetra, frente al “sexo débil”, que es penetrado, y que es representado como bello (“sexo bello”), de manera que el traspase de esos límites constituía un signo externo de lesbianismo. Y los diccionarios aúnan a menudo esas dos acepciones, como para recordarlo.

QM: En algunas informaciones aparecidas en medios de comunicación, se aprecia una confusión entre géneros de artículos y adjetivos a la hora de describir a un hombre o a una mujer transexual. ¿Por qué sigue creando tantos problemas caracterizar a las personas trans?

FR: La confusión deriva del querer asociar hasta sus últimas consecuencias la ecuación sexo / género. Y precisamente esta misma alternancia y dualidad de referentes sirve a algunos novelistas para jugar con la ambigüedad y la transgresión de los estereotipos de género dentro del característico estilo “camp”.

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