Memoria Histórica III: Entrevista a Fernando Olmeda

Entre las humillaciones y la clandestinidad

La Ley de Vagos y Maleantes fue uno de los instrumentos de represión utilizados por la dictadura franquista para perseguir y encarcelar a las personas homosexuales. Creada por el gobierno republicano en el año 1933, en 1954 se modificó su artículo segundo para incluir, entre los que podían ser castigados por esta ley, a los homosexuales. Lo hacían, según indica Fernando Olmeda, amparándose “en la figura del escándalo público”.

Se sucedieron entonces las persecuciones, las redadas, las denuncias contra los homosexuales. También las cárceles, algunas de ellas específicas para los gays. En algunas de estas cárceles, como las de Huelva y Badajoz, “las condiciones de vida y supervivencia fueron mejores que en las prisiones ordinarias, donde se sufría la agresividad, el desprecio, la humillación y las vejaciones por parte de los otros presos comunes y políticos. Ahora bien, la estancia en las cárceles para homosexuales quedaba a criterio del juez, y eso era un serio problema”, explica Olmeda.

La situación de las mujeres homosexuales era distinta, precisamente por el concepto que el régimen tenía de los roles femeninos. “No se concebía la existencia de las lesbianas. Las relaciones lésbicas fueron clandestinas y, en teoría, arrastraban un fortísimo rechazo social, aunque también en este asunto funcionó la hipocresía. Los padres, severos e inflexibles, prohibían que cualquier muchacho se acercara a sus hijas, pero nadie veía como extraño que dos primas o dos amigas fueran al baño o se acostaran juntas. Las mujeres permanecieron en las catacumbas de su individualidad, y sólo se atrevían aquellas que tenían una cierta protección o comodidad material”.

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Mujer homosexual que padeció la represión franquista, retratada por Javi Larrauri

La misma hipocresía que señala el periodista madrileño estaba presente también en el trato que la dictadura dispensaba a las personas trans. “Nunca hubo ni tolerancia ni comprensión hacia el colectivo trans. Hacia quienes trabajaban en el espectáculo había una enorme hipocresía: probablemente se reían con ellas de noche, en la sala de fiestas, y las menospreciaban por la mañana si las veían en la calle o en el supermercado”, explica.

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Por otra parte, la sociedad de la época contaba con un amplio repertorio de epítetos despectivos para calificar la homosexualidad: prímulas, patos, acaponados, blancanieves, bujarrones, sarasas, violetas, los de la acera de enfrente…son sólo algunos de los que recoge Fernando Olmeda, que afirma además que el sistema “sólo distinguía entre ‘machos’ y ‘maricones’, ni siquiera se les llamaba homosexuales”.

El ambiente represivo y la legislación de la etapa franquista obligaron a homosexuales y transexuales a la clandestinidad. Olmeda cuenta cómo, aunque no existieron ghettos gay propiamente dichos, sí existieron “zonas de encuentro como descampados, estaciones de tren y autobús, cines… En el tardofranquismo y la transición nacieron, por muchas razones, ámbitos de sociabilidad homosexual, como el barrio de Chueca en Madrid, o ciertos municipios de la Costa Brava o la Costa del Sol”.

Además, elaboraron un sistema de frases clave que funcionaban como contraseñas o salvoconductos para reconocer si el interlocutor era o no homosexual. “Se resume en una frase de una persona que entrevisté para El látigo y la pluma: “Le miré, me miró, nos entendimos”. Así ha ocurrido siempre, y así sigue ocurriendo”, sintetiza Olmeda.

En 1970, la ley de Vagos y Maleantes pasó a ser sustituida por la de Peligrosidad Social, que incluía un cierto enfoque de “curación” y “rehabilitación y reinserción social” de homosexuales y trans. En virtud de esta idea, los jueces podían decretar el ingreso en “centros de reeducación” donde se intentaba “reconducir” la orientación sexual, tal y como recuerda el autor de El látigo y la pluma.

“El simple hecho de ser gay les convertía en peligrosos. Un informe del Ayuntamiento o de la Guardia Civil servía como base para que los jueces decretaran su ingreso en prisión. No había penas porque no había delito. Se decidía de manera arbitraria que un ciudadano tenía que ser reeducado en una cárcel”.

La homosexualidad era tratada entonces como una enfermedad, más que como un delito, al que no se aplicaban castigos, sino “terapias”. Los homosexuales eran enfermos, sí, pero también eran considerados un peligro para la sociedad.

“Parte de la sociedad española pensó y sigue pensando que la homosexualidad es “curable”. Hubo muchos intentos de “terapias” mediante diferentes métodos, desde los más suaves a los más violentos que uno pueda imaginar. Aquellas terapias causaron probablemente el efecto contrario: trastornos depresivos, conductas autodestructivas, ansiedad e incluso tentaciones suicidas que algunos llevaron hasta sus últimas consecuencias”.

La reparación del daño

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